Arte Nuevo y Cultura de Masas

Texto tomado del Blog de Adriana Añi

Acerca de Arte Nuevo y Cultura de Masas, de Max Horkheimer.
Diferencia entre arte crítico y arte alienado.

“desde que se hizo autónomo,
el arte ha conservado la utopía
que se evadió de la religión.”
Max Horkheimer

 

El problema
En “Arte nuevo y cultura de masas”, Max Horkheimer comienza por un recuento sobre el arte. El punto crucial es cuando el arte deja de ser un arte funcional al poder y se autonomiza. Es en la modernidad cuando el arte cobra autonomía, puede aparecer la idea del “arte por el arte” y el artista se expresa a sí mismo mediante éste. Tomar en cuenta esta nueva forma de ver el arte, en concordancia con una nueva constelación histórica, responde a un principio fundamental en la interpretación del arte: para Horkheimer éste no puede ser visto a-históricamente o supra-históricamente. Ni el arte ni sus principios pueden ser separados de la situación concreta.

Historia del arte
El punto es que la situación concreta que se empieza a dibujar con la sociedad burguesa de la temprana modernidad y avanza hasta el momento de las sociedades industriales avanzadas del siglo XX tiene un denominador común: la alienación. El extrañamiento del ser humano con respecto a su propio mundo se hace plenamente manifiesto y álgido en la barbarie del totalitarismo. ¿Y qué tiene que ver el arte con esto, puede uno preguntarse? Para Horkheimer la respuesta es clara: una vez que el arte se ha independizado del poder social, político, religioso, una vez que se ha vuelto propiedad de un sujeto libre, el arte puede ejercer su función reveladora de la alienación y crítica de la sociedad que la produce.

Esfera privada y esfera social
Para llegar a entender esta función reveladora y crítica del arte moderno es necesario, como se ha dicho, presentar elementos de la contextualidad histórica concreta. La historia de la sociedad moderna comienza con una relativamente clara demarcación del espacio del sujeto y del espacio público. El espacio del sujeto es la esfera privada, el reino doméstico de la familia, pequeño “reino de libertad” donde el individuo es él mismo y explora las dimensiones de su subjetividad e intimidad, enriqueciendo su vida interior y cultivándose. El espacio público es descrito en este artículo de Horkheimer como la esfera social donde se sufre la presión por conformarse a las normas del trabajo y de la burocracia. El individuo puede ser él mismo sólo cuando escapa de las esfera de la fábrica y la oficina, cuando huye de la lógica instrumental-administrativa del trabajo y se refugia en su esfera privada: es allí donde da libre juego a su creatividad, donde se dan experiencias íntimas que son la fuente del arte.

La colonización del reino de la libertad
Pero detrás de todas estas representaciones y experiencias relativas a la esfera privada como “reino de la libertad”, se esconde la ambivalencia. Efectivamente, las revoluciones que liberaron el esclavo y al siervo convirtiendo a todos en señores, sólo los emanciparon en apariencia, pues pusieron a los individuos bajo un nuevo señor: la sociedad. Esta pronto empezó a intervenir el reino privado, penetrando en él y funcionalizándolo. De ese modo, y dicho de modo bastante apretado, la esfera privada quedó hipotecada a la esfera social, quedó instrumentalizada por ésta.

La instrumentalizaciòn de la esfera privada por la social es visible en la forma de tratar el tiempo. El tiempo es oro para la esfera social del trabajo, de la producción y la dirección. Pero pronto la esfera privada, doméstica, empezó también a ser “medida por el tiempo”. Surgió la dicotomía tiempo de trabajo/tiempo libre, donde el criterio para distinguir era, obviamente, el tiempo de trabajo. Desde esta perspectiva valorativa, el tiempo libre era como tiempo muerto, inútil, no económico (a menos que se invirtiese en el descanso que repara las fuerzas para seguir trabajando o en el perfeccionamiento).
Pero esto no es todo, incluso cuando el tiempo libre podía ser pensado como realmente libre, donde el individuo podía ser dueño de sí mismo, Horkheimer indica cómo la forma totalitaria de las sociedades industriales avanzadas hará que dicho tiempo libre sólo lo sea en apariencia. Es así como la sociedad, con sus imperativos de producción e intercambio, termina “colonizando” la esfera privada y sometiéndola a sus comandos. Es aquí donde el arte, en principio libre ejercicio y expresión de la libertad del sujeto individual, se convierte en dispositivo de reproducción de la presión social y sus normas alienantes. Pero, curiosamente, aquí también donde el arte puede –y de hecho así ha sido— tomar una orientación crítica que denuncia dichas formas de dominación y enajenación.

La ambivalencia de la esfera privada y la familia
Así como la esfera privada se ve amenazada por la invasión de la esfera social, igualmente sucede con la familia, la institución central de la esfera privada. Así, la familia va perdiendo sus orientaciones particulares, propias de sus peculiares tradiciones, para “convertirse” en preparadora de profesionales o, como mínimo, en centro para la “ … renovación de las fuerzas para la oficina y la fábrica”.
Indica Adorno que cuando a lo largo del S XIX la presión laboral bajó, permitiendo con ello, aparentemente, la posibilidad de “liberar” al sujeto del trabajo para que recupere su autonomía, fue el auto-interés privado el que hizo entonces que la vida privada continúe subordinada al negocio, y con más fuerza (119). Finalmente, en el siglo XX la familia se ha consumado como agente reproductor de la sociedad y sus exigencias, diluyéndose progresivamente la separación entre ambas esferas. Lo cual equivale a decir o que la sociedad es una “gran familia” o que la familia se ha desarticulado.

Agravándose el problema, sociedad en el Siglo XX no ha podido ser un “nuevo vientre protector” para el individuo sino en contados casos y especialmente para las clases altas.
Para las grandes mayorías con familias desarticuladas, la sociedad ha sido un duro medio del cual sólo se han podido “defender” adhiriéndose a grupos totalitarios (bandas, pandillas, partidos, etc..). Los grandes fenómenos de violencia social son producto de la atrofia de la esfera privada y la familia, en virtud de la invasión de la sociedad. Respecto a dicha violencia social Horkheimer acota que “ … lo malo proviene no de la naturaleza, sino de la violencia ejercida por la sociedad contra el individuo qui nena desarrollarse” (120). Ni siquiera las familias adineradas se salvan de la “socialización”, pues la experiencia de la inestabilidad económica les ha enseñado que los hijos deben ser preparados más como profesionales que como herederos.

Infancia y amor; libertad y arte.
La decadencia de la familia como centro de cultivo de la subjetividad libre, como lugar de experiencias íntimas de afecto y cultivo del espíritu particular, se nota, por supuesto, en la manera como la niñez se ha transformado. La niñez ha dejado de ser el reino (no temporal) de la imaginación y el amor, del juego libre, del mito, del cuento, de los reinos, hazañas y monstruos. La socialización ha derribado los muros del reino libre de la infancia. El niño es entonces “preparado” para la sociedad, para la profesión o el trabajo y, por supuesto, para el consumo.

Es evidente que este niño deformado no es solamente el niño trabajador de nuestros países pobres, sino el niño consumidor de las sociedades económicamente aventajadas consumidor:

“En la actualidad, y en todos los estratos sociales, el niño está íntimamente familiarizado con la vida económica. En su futuro no espera ningún gran imperio, sino los ingresos, calculados en dólares y céntimos, del grupo profesional que considera más rico en perspectivas. Es robusto y avisado como un adulto, La constitución moderna de la sociedad se preocupa de que los sueños utópicos de la niñez sean interrumpidos ya en la más temprana juventud y de que la tan elogiada adaptación sustituya al desacreditado complejo de Edipo.” (120).

No es posible dejar de pensar en los padres que, hoy en día, se preocupan porque sus hijos “no se adaptan” en los colegios y corren desesperados a psicólogos que los condenan a terapias conductistas o a psiquiatras que los medican para que puedan encarrilarse siguiendo las reglas de la “normalidad”, que no es otra cosa que la conducta homogénea y despersonalizada cultivada por los mecanismos de control social.

Pero la esfera privada, como la familiar, puede cumplir en realidad dos funciones antitéticas. Por un lado, puede ser un mero espejo social, reproductora de sus normas y códigos de conducta. Por otro lado, puede ser un centro de resistencia a la sociedad.

a. “ … En todas las épocas, la vida familiar ha reflejado la vileza de la vida pública, así
como la tiranía, las mentiras y la estupidez de la realidad existente.“ (120)
b. “ … también ha producido las fuerzas para oponerle resistencia.” (129)

 

¿Qué hace que la esfera privada y la familia puedan ser el fundamento de una vida libre y una resistencia a aquello que mutila la espontaneidad? Por un lado, se trata de que a través del contacto maternal-paternal en el hogar, en “el calor íntimo y reservado, indispensable para el desarrollo humano se dan las primeras experiencias e imágenes que ofrecerán una orientación interna a la vida del individuo” (121) Son las experiencias primarias de afecto que harán de la infancia, como dicen algunos psicólogos, un paraíso respecto al cual toda la vida adulta no consiste más que un nostálgico deseo de retorno. Quizá de aquí provenga gran parte de la fuerza de la utopía y la reserva de impulso para reconstituirla en una forma de organización real de la vida, que admita la libertad plena. Por otro lado, la vida de la familia libre implica la posibilidad de esta vida privada, de esta interioridad, que es la que permite constituir a los individuos como sujetos. Allí donde el niño no es víctima de la negación y el rechazo, del maltrato y la violencia, sino del afecto, se le permite una auto-afirmación que lo hace capaz de relacionarse a sí mismo con autoestima y libertad, capaz, por ello, de crear espontáneamente un punto de vista personal sobre la realidad.

Es cierto esta vivencia íntima y particular de cada familia pronto se ve asediada por las conductas sociales y que el “tiempo libre” comienza a ser invadido por quehaceres triviales, “controlados hasta el último detalle por las diversiones del campo deportivo y del cine, de los “best-sellers” y de la radio.” No obstante para Horkheimer la familia puede ser un centro de resistencia a ese imperialismo de la sociedad. Pero ello si y sólo si se mantiene diferenciada como un espacio liberado de los imperativos sociales.

La intervención de los patrones de conducta uniforme a través de los productos estandarizados que, en principio, la familia adquiere con beneplácito, va privando a los individuos de ser sujetos, es decir, de ser autores de sus propias opiniones, acciones y decisiones. Así, una esfera privada colonizada por lo social es aquella donde el afecto se expresa con los clichés de la telenovela rosa y hasta el erotismo es domesticado por los productos culturales masivos.

El dilema está pues planteado. Tanto la cultura, como la esfera privada y la familia, pueden cumplir dos roles: o evasivos (por ejemplo una cultura donde la vida interior es idealista o conservadora) o también roles transformadores. La esfera privada es capaz de generar, en esta segunda posibilidad, el “poder del sujeto para crear un mundo distinto de aquel en que vive.” Este mundo alternativo se manifiesta en el mundo del arte (121). En efecto, desde aquél “reino de libertad del sujeto”, que es la esfera privada, emana una conciencia que se siente separada de la sociedad tal como es y busca por ello, otras formas de expresión en el arte. El individuo autónomo de la esfera privada puede desarrollar una conciencia de su diferencia, así como de la diferencia entre el “reino de la libertad” y el de la “sociedad alienante”.

El arte.

“La obra de arte es la única objetivación adecuada del desamparo y desesperación del individuo”. (123)
La posibilidad de “ver el mundo” desde la perspectiva no sólo de la esfera privada, sino de ésta esfera entendida como “reino de libertad”, es decir, como espacio donde el individuo experimenta libertad frente a las constricciones que si puede encontrar en los medios donde se ejerce el control y la administración, permite que dicho mundo sea percibido con distancia y, gracias a ella, cuando el individuo la represente artísticamente, ocurre un doble efecto:

1. Los elementos de la realidad alienada y alienante aparecen transfigurados en “en imágenes que se oponen, como algo extraño, a los sistemas de conceptos convencionales” (11). Es decir, son las representaciones libres que representan la utopía, lo que debe ser, lo anhelado, lo perdido.

Las obras de arte, así: “… evocan el recuerdo de una libertad ante la que los cánones dominantes parecen limitados y bárbaros:”

2. En su alteridad y oposición a lo convencional (o sea por su naturaleza alternativa), las imágenes del arte revelan la alienación de la realidad.
Así, la sociedad realmente existente, la realidad, aparece alienada y falsa.

Es claro que con respecto al primer punto, el arte que emana de una subjetividad libre debe ser un arte crítico, puesto que al realizar imágenes que, como dice Horkheimer, se “oponen a los sistemas de conceptos convencionales”, en esta su oposición está mostrando, a la vez, su “dis-funcionalidad”. Para ofrecer un ejemplo notable: en el clásico film “Alphaville” de Jean-Luc Goddard, Alphaville era una ciudad absolutamente planificada por una memoria central cibernética. Allí cualquier elemento perturbador de la vida social debía ser eliminado. Llorar la muerte de un ser querido no era “funcional” al sistema, por tanto, todos debían mostrar felicidad o al menos complacencia. En una sociedad como esa, era evidente que los hombres de alma poética se rebelaban. Pero la lógica mostraba implacablemente que la rebelión, como las lágrimas, era una perturbación y que por tanto debía ser eliminada. Y con todo, podemos decir parafraseando a un epistemólogo, el “arte grita más alto que la lógica”. La lógica del sistema grita imponiéndose de modo avasallador y totalitario, pero el arte grita más alto, porque su muerte equivaldría a la muerte del hombre. Así pues, al arte crítico, verdadero arte o “arte serio”, como dice Horkheimer, no le interesa ser funcional. Y a la sociedad funcionalista le resulta un estorbo, pero esto no afecta la conciencia libre del artista. Este tipo de arte es el que Horkheimer rescata y lo describe como un “arte sin compromiso”. Dicho arte: “ … sobrevive hoy en día sólo en aquellas obras que, sin compromiso alguno, logran expresar el abismo existente entre el individuo monádico y su entorno bárbaro, en la prosa de Joyce, por ejemplo, o en cuadros como el Guernica de Picasso.” (121). Con respecto a estas obras se dice que:

“La conciencia que subyace a ellas se siente separada de la sociedad tal como es y forzada a buscar formas de expresión grotescas y disonantes. En la medida en que estas obras inhospitalarias permanecen fieles al individuo contra la infamia de lo existente conservan el contenido auténtico del gran arte anterior, hallándose mucho más profundamente ligadas a las Madonnas de Rafael y a las óperas de Mozart que todo lo que en nuestros días imita burdamente sus armonías , en una época en que el gesto feliz se ha transformado en máscara de la locura y los rostros tristes de la locura en el único indicio de la esperanza.”
( 122)

Es el arte inhospitalario de una conciencia estética que emana de la subjetividad libre y separada de la sociedad funcionalista. Es este arte el que los frankfurtianos llaman “auténtico”, y es propio “de los últimos tiempos”.

Para los frankfurtianos, la situación del hombre contemporáneo de la sociedad industrial avanzada del siglo XX es otro. La vida

“… ya no es la existencia despierta y activa de un individuo burgués del siglo XIX. En nuestros días, las personas lo son tan sólo aparentemente; las “élites”, al igual que las masas, obedecen a un sistema que en cualquier situación sólo les deja la posibilidad de una reacción única.” (122)

El pesimismo de Horkheimer es evidente: los elementos de su ser que todavía no han sido canalizados no tienen forma de expresarse, ya que “barniz de racionalidad en la organizada vida burguesa” da la impresión de que todo está bien. En este contexto, no obstante, la apariencia de racionalidad es atravesada por la obra de arte (crítico) “destruyendo el conformismo superficial, los pequeños conflictos resueltos con engañosa coherencia en novelas de familia”.

Hay un rasgo notable del arte crítico o auténtico del que hablaban los frankfurtianos. Se trata de obras que: “renuncian a la ilusión de lograr una comunicación real entre los hombres, son monumentos de una vida solitaria y desesperada que no encuentra ningún puente hacia otras conciencias y, a veces, ni siquiera hacia la suya propia. En verdad son monumentos, y no simples síntomas”. ( 122)

El arte crítico, en conclusión, denuncia la alineación de hombre y sociedad a través de la “desesperación estética”.

Pseudo-arte o el arte de masas.
Distintos autores han opinado que el arte es una forma universal de comunicación. Horkheimer cita esta frase de Dewey: “el arte derriba barreras impenetrables para la comunicación ordinaria”. Pero en el siglo XX el lenguaje ha sido prostituido: ha sido usado para la mentira de los dictadores. Los medios de comunicación fortalecen las barreras entre los seres humanos incluso con el lenguaje “oficial”, supuestamente objetivo. De esta situación en la que el lenguaje aparece pervertido en sus funciones esenciales, Horkheimer concluye: “por tanto, el arte debe separarse de la comunicación.” (123)

Esto puede darnos alguna luz acerca de la radicalidad de la crítica de los frankfurtianos a fenómenos como el cine. Efectivamente, si para ellos la radio y el cine “no están lejos de los tanques y los cañones”, se entiende por qué no son capaces de ver la posibilidad del cine como séptimo arte, es decir, arte auténtico y dotado, por tanto, también, de potencial crítico.

Las formas dominantes de comunicación son medios de destrucción, la armonía es imagen engañosa de desintegración: “Las cosas y sentimientos familiares crean, de manera extraña desfigurada, una siniestra melodía” (123). Este es el aspecto más sombrío de la industria cultural en la sociedad de masas. El arte masivo uniformiza pero no comunica. El único arte que puede comunicar es el que denuncia esta situación.

Pareciera ser que el hombre de esta sociedad masiva ha llegado a complacerse con su situación alienada (ésa es precisamente la tesis de Herbert Marcuse en El hombre unidimensional). Dicho hombre podría redimirse si modificara el curso de la sociedad: la omnipotencia técnica, la re-estructuración de la familia, la independencia de la producción respecto de su medio geográfico, podrían suprimir la miseria. Pero el hombre actual ha deformado su naturaleza humana: se orienta por dictados desde arriba, por mecanismos. De ahí que cuando se apela a su instinto, a su capacidad de adaptación, obedezca de inmediato y complacido. Al decir esto pienso en un ejemplo contemporáneo: el dueño de casa, el padre de barriga enorme, con lata de cerveza en la mano viendo el partido de fútbol en TV, se ríe complacido e identificado al ver a Pedro Picapiedra, Al Bundy o “don gato” (Adolfo Chuiman). Estas imágenes no lo cuestionan: lo confirman y retroalimentan al círculo vicioso de la auto-complacencia y resignación.

De aquí que:

“La generaciòn que ha dejado engrandecer a Hitler encuentra su pasatiempo adecuado en las convulsiones que el dibujo animado provoca en sus indefensos héroes, y no en Picasso, quien no ofrece ningún entretenimiento, ninguna diversión concebida de cualquier manera” (124).

Y esto es así por que la obra de arte auténtica o seria “presenta la conciencia chocante de su situación desesperada, se solidariza con la libertad.” Y, no obstante, esto le espanta (¿era por en ese sentido que Erich Fromm, otro “frankfurtiano”, hablaba del “miedo a la libertad”?). El totalitarismo aprovecha esta circunstancia, y sabe que el entretenimiento conlleva irreflexividad y, por tanto, mayor dominación.

Conclusión.

“Existe una época en que la creencia en el futuro de la humanidad sólo puede mantenerse viva en la incomprometida oposición a las reacciones de los seres humanos. En la actualidad nos encontramos en una de esas épocas”
Horkheimer, Arte nuevo y cultura de masas, p.125

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